Hacía bastante que no
salíamos juntas. No es que yo me haya olvidado de lo bien que lo pasaba con
ella, pero el ajetreo diario me hacía prometerle cosas que después no podía
cumplir. Finalmente decidí dedicarle más tiempo. No era falta de voluntad lo
mío, de hecho, tenía su lugar en el departamento al que me mudé hace un tiempo.
Pero sacarla a pasear me llevaba mucho tiempo de preparación, es que ella es
más grande que yo, no en años sino en tamaño, es muy grandota y había que darse
mucha maña para entrar ambas en el mini ascensor. Como venía diciendo, hace un
tiempo descubrí un par de maniobras que, con un poco de optimismo y un poco de
esfuerzo, hace que entremos en el ascensor.
Ella se llama Violeta
Ferrari. Le debe su nombre y apellido a una mente brillante que la bautizó
teniendo en cuenta su color y una etiqueta que tiene de Ferrari. No será muy
original su nombre, es cierto, pero tiene personalidad.
Sus etiquetas le confieren identidad y
distinguida reputación. La calco de Ferrari, por ejemplo, me permitió reconocerla
y recuperarla allá por el 2004 en la estación de tren de Caballito, luego de algunos
meses que estuvo secuestrada. Cuando la encontré tuve que negociar con el
secuestrador y, por supuesto, pagué la recompensa que ella se merece. Bah, en realidad
la pagó mi mamá al día siguiente, porque en ese momento no tenía un billete en
el bolsillo, volvía de cursar en Puán y las pocas chirolas que tenía las había gastado en apuntes y algún
cafecito. Hoy por hoy, las insignias que lleva Violeta bajo la forma de
calcomanías (y un pañuelito descolorido en el cuello, resabio de su época
rolinga) siguen enalteciendo su figura. Por ejemplo, el portero del edificio la
deja dormir en un lugar prohibido, según él sólo porque tiene una calco que
afirma: “CLARÍN MIENTE” y otra que ruega: “Macri volvé a la empresa”. El
portero del edifico, como mucho porteños, es bastante contradictorio, cada
tarde que vuelvo a mi casa encuentro el Clarín apoyado en la mesita-altar del
hall mientras él se entrega religiosamente al ritual de su lectura.
Últimamente entonces,
agarro a la Viole y salimos juntas, me acompaña a donde tenga que ir, sacándole
jugo a la distracción del otoño, que todavía no se dio cuenta que es momento de
hacer su entrada en escena. Los otros días conoció la Facultad de Psico, antes
de subir al aula la dejé en la biblioteca y ahí se quedó toda la tarde. Cuando
íbamos para allá, el sábado a las 9 de la matina, en un semáforo paramos, ya
cuando vislumbro de lejos el círculo rojo allá arriba bajo la velocidad y me
arrimo a la vereda, para apoyar un pie en el cordón porque, como ya dije, la
viole es muy alta. Ahí apareció un canillita con su bolsito rojo gritando a los
autos “Clarín, Clarín” y mostrando la tapa del gran diario; después de recorrer
la fila volvió a su puesto sin éxito, le dije tratándole de dar aliento (en
verdad un consejo) “no va más Clarín, maestro”, y después círculo
amarillo-verde. Una de las cosas nuevas a las que me enfrenté acá en la Capital
es la bicisenda, pero la verdad que no tiene mucha lógica, por ejemplo, para ir
a la facu voy derecho por Calazans hasta Valle (que después se convierte en
Estados Unidos) ahí empieza la bicisenda, pero se termina con Virrey Liniers,
así que es un poco lo mismo. La gente también la usa como una extensión de la
vereda, y los transeúntes se convierten en obstáculos en la carrera de los
ciclistas.
El hecho de que andemos seguido me perfecciona
en el arte de manejarla. Una vez superado el miedo – implantado por mi madre
– de andar por las calles y avenidas de
la ciudad retomé la confianza con la que andaba por las austeras calles del
oeste de la provincia, de donde soy oriunda.
Ya no me intimidan los colectivos ni los camiones y con los autos
tenemos buen diálogo, muchas veces en las esquinas me dejan pasar, entonces
suelto un brazo del manubrio y le muestro la palma de mi mano en señal de
agradecimiento, o le pongo los dedos en forma de V; cuando no me dejan pasar levanto sólo el dedo mayor-torcido de mi mano.
Creo que algunos nos envidian, por la impunidad que tenemos; cuando hay un
semáforo en rojo paramos, pero si no viene nadie se pasa, si el semáforo está
en rojo y quedamos muy atrás en la fila, nos subimos a la vereda y vamos hasta
delante de todo para ser la primera en arrancar. En general no andamos a
contramano, pero si hay que dar ocho mil vueltas para llegar a un lugar que se
podrían evitar tan sólo haciendo un par de cuadras a contramano, las hacemos.
El placer que me da
andar con la Viole sólo es comparable a hamacarme muy fuerte en una plaza. El
viento, que con la velocidad es cada vez más fuerte, hace que hasta los
pensamientos más arraigados se suelten. Cuando andamos muy rápido hasta las
hojas amarillas que se juntan en el cordón de la vereda se abren paso. Cuando
no vamos tan de prisa y no hay tantos coches descanso los brazos. Yo, que las veinticuatro horas ando distraída,
increíblemente presto atención a todo lo que me rodea mientras voy andando, por
el contrario, noté que hay mucha gente distraída suelta en la calle, por suerte
tengo buenos reflejos, ayer esquivé de un volantazo un barrendero que se mandó
a cruzar la calle con el carrito sin mirar para atrás y el otro día maniobré
para no comerme una puerta que abrió de sopetón una vieja que iba de
acompañante en un auto. Haciendo malabares sobre dos ruedas, cantando,
exhibiendo una sonrisa de esquina a esquina…
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