Esta había sido mi
primera experiencia “adulta” viajando en avión. Digo adulta entre comillas
porque ya viajé otras veces de chica, pero esta es la primera vez que viajo
sola y tengo que estar atenta a los trámites y otros procedimientos
burocráticos.
De chica había viajado
dos veces creo, una vez con mi mamá y mi papá, y la otra solo con la vieja. De
lo único que me acordaba con certeza de esos viajes es que me encantaba volar.
Y esta última experiencia no hizo más que confirmarlo, me fascinó, quizá sea
porque me gusta la velocidad, me da mucha adrenalina. El despegue es una
experiencia orgásmica, en un momento el capitán del avión anuncia que en 10
minutos iniciará el despegue, todos los sentidos están en posición de alerta.
Es como un tiempo necesario para ir entrando en climax, durante esos minutos el
avión se pone en marcha, se mueve muy despacio, se va posicionando en dirección
al despegue hasta que en un momento toma una velocidad inconmensurable, de
golpe las ruedas se suspenden y se siente una inclinación del avión calculo que
de unos 45° respecto a la superficie.
Los grados del ángulo que se forma imaginariamente van en aumento, al igual que
el placer, hasta que repentinamente el avión se endereza acompañado de unos
leves saltos. Se mantiene en esa posición, ya casi no se perciben los
movimientos del avión, y la excitación deja paso al placer de ver los paisajes,
las nubes, las ciudades chiquititas.
Camino al aeropuerto
de Ezeiza para tomar el primer avión, acompañada de un monto de ansiedad demasiado
grande para esa hora de la mañana, pensé
en voz alta “me gustaría tener un trabajo
donde tenga que viajar”, entonces una voz hermosa, que siempre me hace
flotar en el aire, ésta vez me hizo bajar de un ondazo: “sí, la cuestión es que nunca estamos conformes, siempre queremos otra
cosa. Capáz que el tipo que trabaja viajando quisiera estar en su casa, con su
familia…” Sí, sí, ya lo sabía, soy psicóloga y me machacaron bastante en la
carrera con la metonimia del deseo, pero
saber la teoría no nos hace inmunes a la ley del Padre (por suerte). Pero tenía
razón, yo pensaba que a todo el mundo le gustaba viajar en avión, pero una vez
a bordo comprobé que no era así. Hay gente que permanece indiferente ante el
acontecimiento del despegue, no se les dibuja ningún gesto en el rostro, ni hay
cambios en la mirada, ni en la boca, ni siquiera echan un vistazo por la
ventana. Me pregunto qué les pasará a los capitanes de abordo, ¿les seguirá apasionando cada vez? ¿O
habrán caído en las tentadoras redes de la costumbre? Prefiero no averiguarlo y
que sigan siendo mis héroes del espacio.
También hay gente que tiene miedo, por ejemplo la señora de adelante, de unos
ochenta y pico de años y con rasgos
indiscutiblemente italianos, durante el despegue apretaba con sus dedos y sus uñas (con florcitas pintadas por
alguna de sus nietas) un crucifijo que llevaba colgado en el cuello.
Yo lo único que temía
era mandarme alguna cagada entre los confusos pasos pre y post embarque. Por
ejemplo, uno de mis miedos era excederme en el peso del equipaje. En el primer
check in de Ezeiza, a la pareja que estaba adelante mío les hicieron sacar
cosas de la valija, yo era la próxima y empecé a transpirar de los nervios.
Traté de anticiparme a la encrucijada de tener que sacar algo de la mochila y
me puse a pensar qué podría sacar, finalmente me relajé de un suspiro cuando la
balanza marcó 11.700, me faltaba mucho para llegar a los 23 kilos permitidos.
Teniendo en cuenta este amplio margen, a la vuelta me traje dos bolsitos más
cargados con regalos y demás cosas que no me entraron en la mochila, y los
deposité con confianza en la balanza.
El otro de mis miedos
era la aduana. Dos dificultades tenía, por un lado, sacarse todos los metales
de encima antes de pasar por el detector: alfileres de gancho, campera con
cierre, anillos, borcegos, etc. Por otro lado, nunca entiendo lo que realmente
hay que declarar, como buena obsesiva me debatía entre dos opciones igualmente
válidas, si declaraba algo quizá no me lo dejaran llevar, y si no lo declaraba y
lo llegaban a ver me podían cobrar una multa. Finalmente, la honestidad ante
todo, sí, llevo cosas de origen vegetal.
En migraciones del
aeropuerto Iquique, una mujer llevaba frutas, no las había declarado y le
cobraron multa. A mí me demoraron por dos esferas
que vieron cuando pasé la mochila por el detector, eran dos pelotitas tejidas,
de esas que son para apretar y sacarse la bronca, aparentemente estaban
rellenas con granos de maíz, y eso no se podía ingresar al país. Le expliqué
que “son artesanías, ni sabía qué tenía
adentro ¿Usted cómo sabe que son granos de maíz?” Los guantes de látex
agarraron una trincheta, “no me digas que
me los vas a romper…”, y el cúter hizo saltar de un puntazo un grano de choclo
disecado, sugiero que “de todos modos no
es una cantidad significativa…”, y me explica “lo que pasa es que si esto estalla, con una semilla de estas que toque
el suelo puede crecer maíz, que no es compatible con el que se cultiva en el
país. Por eso, esto se queda acá”, “bueno,
está bien ¡Colgate las esferas en el
lugar de las pelotas que te faltan. O mejor metetelas en el orto y hacelas
explotar, así en vez de pelos te crecen choclos y te volvés productivo para algo!” Estaba que echaba humo, una mujer despechada
es así, castra al Amo; claro que todo lo último no se lo pude decir. Igualmente
se me pasó enseguida, peor hubiera sido que me retengan el pisco, o las hojitas
de coca que me había regalado el remisero, o el complejo vitamínico de soja y
maca que llevaba para mi abuela.
El viaje de Iquique a
Santiago tuvo pocas horas de vuelo y mucho tiempo de trámites y espera. Durante
el viaje miré un capítulo de la vieja serie “Friends”, de la que era medio
seguidora en mi adolescencia, leí algunas pocas páginas de un libro sobre Machu
Picchu, leía sobre el camino del Inka, que finalmente decidí no hacer, a pesar
de que ya lo había señado desde Buenos Aires. Largué el libro enseguida, quería
disfrutar mirando por la ventanilla la
última media hora (hasta ahora me venía tocando siempre el lado de la ventana, la suerte del principiante no puede fallar).
Volamos sobre la cordillera, hermoso, no había hecho esa ruta en el viaje de
ida. Mucho desierto, nieve, apus. Pensaba que San Martín cruzó por ahí con
todas las inclemencias del tiempo y yo no hice el camino de 35 km, cuánto
desfasaje..
En fin, en el
aeropuerto hay que practicar el arte de la espera. Desembarque, migraciones,
migrañas, aduana, y a retirar el equipaje. Todos se avalanchan sobre la cinta,
algunos corren detrás de algún equipaje que creen ser el suyo intentando
atraparlos cual sortija en una calesita, corren inclinando sus cabezas para
leer el número de la etiqueta a ver si se corresponden con el papel que llevan
en mano. Los mochileros no tenemos ese problema, no necesitamos ningún número
de identificación, nuestras mochilas las reconocemos a simple vista, fue
nuestra fiel compañera de viaje ¡Allá está! Esa, la gris y negra que trae en la
cabeza, como si estuviera alzando un trofeo, un aislante roto que la dueña
nunca usó. Y ahí viene el otro bolsito de todos colores que está por explotar, permiso,
permiso señor, ese es mío.
Y para perfeccionarme
en este arte de la espera y la paciencia, me queda toda la noche por delante en
el aeropuerto de Santiago hasta las 7 am que sale mi tan ansiado vuelo. Siendo
las 00.23 am sigo en el patio de comidas con un cadáver de tostado que lleva
dos horas y media en su tumba con forma de plato, y que me salió alrededor de
2000 pesos chilenos, no tengo idea cuánto es eso. Al lado mío está la sala de
desembarques, todavía hay movimiento de gente y no quiero subir a dormir al 3°piso. Tantos abrazos acá al lado me pone más
ansiosa por encontrarme con mi familia, estoy a sólo dos horas de Buenos Aires,
salen vuelos a cada rato, y sin embargo tengo que esperar tanto. Como no tengo
sueño pienso quedarme en la cafetería hasta que cierre. 1:30, parece que no
cierra, ni tampoco me echaron. Mejor me voy a leer al tercero, a ver si me
quedo dormida. 5:30, No, no pude. Me voy a hacer el check in, una vez más.
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