Hace un año atrás no me reconocía kirchnerista. Yo fui una de las miles que
abrió los ojos cuando Néstor los cerró. El miércoles 27 de octubre del 2010 me
levanté temprano, estaba contenta por el censo, al que venía defendiendo frente
a lxs gorilas de mis ex compañeros de trabajo;
quería recibir yo misma a lxs censistas. Pero junto con el desayuno me
dieron una noticia in-creible, paradójica.
No lo hubiese creído si lo hubiese visto en TN, pero lo escuché de la
boca de alguien, de quien ninguna maldad puede esperarse, mi abuela, ella anunció entre sorprendida y
compungida, una muerte impensada, una muerte imposible.
Hasta el mediodía, que llegaron las censistas, estuve mandando algunos mensajes
de texto, y haciendo zapping entre los canales de noticias, quizá con la
ilusión de encontrarme con un canal que desmienta o al menos pusiera en duda
tan nefasta noticia.
Hice pasar a las censistas y tomamos algo mientras respondía el censo, hubiese
querido que no fueran, que se quedaran todo el día, porque tras su partida
rompí en llanto, llegó la tristeza sin
disimulos para instalarse por largos días. La angustia brotó como un volcán en
erupción, abriendo un agujero de sinsentido, pero sentido. Me invadió una soledad profunda, nadie
entendía por qué estaba así, ni yo tampoco.
El jueves fui a cursar a la facultad de Psicología, creí que ahí iba a
encontrar algún tipo de contención, pero sólo encontré contaminación, afiches de todos los colores denunciando el
supuesto desfinanciamiento de la facultad, de la Korrupción, de todas las
facultades que se podrían hacer con el importe del pago de la deuda externa, la
patota K y el asesinato de Mariano Ferreyra, etcétera. Se me hizo un nudo en la
garganta al ver ese escenario, mezcla de bronca, desilusión y asco, prefería tener la vista nublada por las
lágrimas antes que ver esa necedad, ese odio y desagradecimiento a flor de
piel.
De ahí me fui a la clase de
“Técnicas grupales en psicología comunitaria”, con Adriana Martínez, quien me dio la oportunidad de vomitar toda la bronca contenida, estaba indignada,
cómo era posible que, aunque más no fuese por respeto, no descolgaran toda esa
cartelería circense, cómo era posible no reconocer en el ex presidente a una
persona que estaba de nuestro lado, que luchaba por lo mismo que nosotros.
Nosotros, estudiantes de psicología, que nos jactábamos de latinoamericanistas,
cómo no estar contentos con la integración del bloque del sur, cómo no admirar el valor al rechazar el ALCA,
nosotros, que sabemos que no hay salud mental sin el respeto de los derechos
humanos, cómo no celebrar la derogación de las leyes de obediencia debida y
punto final, nosotros, defensores de la Memoria, la Verdad y a Justicia, cómo
no estar felices de los juicios por delitos de lesa humanidad y por el plan sistemático de robo de bebés,
nosotros, que defendemos la democracia, la multiplicidad y la pluralidad de
voces, cómo no apoyar la Ley de Medios (de la gestión de Cristina, pero parte
del mismo proyecto), si siempre repetimos que la salud es poder amar y
trabajar, cómo no valorar la disminución del desempleo, los planes sociales,
los aumentos salariales y el retorno de las paritarias, el aumento de
jubilaciones, beneficios sociales a quienes no habían aportado, cómo no
reconocer el mayor porcentaje del PBI destinado a la educación pública. La
lista seguía y sorprendentemente encontré en la profesora una aliada, que al
día de hoy es una compañera.
Después de eso me di cuenta que estaba defendiendo un modelo de país, y
empecé a comprender un poco mis las motivaciones. El vacío - ese agujero que se
había abierto en el tejido social, pero que dolía como si lo que se hubiera
abierto fuese un tejido muscular, un desgarramiento - de a poco se fue llenando de sentido, cuando
vi que no estaba sóla, que la Plaza se iba llenando, que éramos miles y miles.
Esa noche fui a la plaza y aprendí
la primera canción: “che gorila, che
gorila, no te lo decimos más, si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a
armar”. Al calor de las masas me fui sintiendo más fuerte y más convencida.
En Noviembre me acerqué a PdI – La Cámpora en Psico pero, como ya me estaba
despidiendo de la casa de estudios, terminé en La Cámpora comuna 3, de la que
estoy orgullosa de pertenecer.
La pérdida fue grande, pero la ganancia también, y al que le queda alguna duda que revise los
números del domingo. Hace un año atrás, pensé
que tras la partida de Néstor el movimiento quedaba acéfalo, y que el
proyecto nacional y popular estaba en peligro de extinción. Sin embargo,
encontrarme con gente como ustedes, con fuerza, con ganas, con valores y
convicción me hizo tener la certeza de
que el rumbo sería otro, y me convencí
de sumar mis esfuerzos junto a los millones que le dimos fuerza a la
presidenta para seguir adelante, sin dar un paso atrás, y la reconocemos como
nuestra gran conductora.
Como dijo Taty Almeida, a Néstor no lo enterramos, lo sembramos. Y hoy
vemos florecer nuestros sueños. Hoy,
casi un año después, tengo el placer de compartir este momento histórico con
mis compañerxs de militancia, algunxs compañerxs de trabajo, mi familia, y mi
círculo de amigxs que, por cierto, ahora son grandes defensores de este modelo
inclusivo. Muy lejos quedó el vacío y soledad que sentía un año atrás. Por eso
les agradezco, compañerxs. Gracias por permitirme ser parte, por su generosidad
y compañerismo, por sus ganas y
compromiso.
¡¡Fuerte abrazo!!
Karina.
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