Los grandes también tenemos derecho a jugar

“El creador literario hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo de fantasía al que toma muy en serio, vale decir, lo dota de grandes montos de afecto, al tiempo que lo separa tajantemente de la realidad efectiva ... El adulto deja pues de jugar, aparentemente renuncia a la ganancia de placer que extraía del juego. Pero quien conozca la vida anímica del hombre sabe que no hay cosa más difícil para él que la renuncia a un placer que conoció. En verdad... lo que parece ser una renuncia es una formación de sustituto o subrogado. Así, el adulto... en vez de jugar, ahora fantasea. Construye castillos en el aire” (S. Freud; 1907)


miércoles, 18 de julio de 2012



Cuántas historias nos encontramos a la vuelta de una página. A mi gustaba pararme enfrente de su gran biblioteca, minuciosamente ordenada, y tratar de adivinar el criterio según el cual los libros estaban dispuestos en los estantes, y ver que alguno brillaba por sobre los demás y preguntarle si me lo prestaba y que me diga que sí; y otras veces me gustaba jugar a encontrar entre los libros de la biblioteca y los que estaban apilados en dos o tres columnas sobre la mesa aquellos que yo le regalé; y me gustaba mucho chusmear el libro que descansaba en la mesita de luz para saber qué era lo último que leí antes de dormirse; y preguntarle si tenía tal título del autor tal y que siempre me dijera que sí y pedirselo prestado, y que me lo prestara; y tener siempre un motivo para volver a vernos, para devolverle los libros e intercambiar sensaciones despiertas, opiniones encontradas, nuevos sentidos. Y un nuevo libro, sensaciones novedosas, miradas encontradas, extraños sin sentidos, un nuevo amor.

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