Esta había sido mi
primera experiencia “adulta” viajando en avión. Digo adulta entre comillas
porque ya viajé otras veces de chica, pero esta es la primera vez que viajo
sola y tengo que estar atenta a los trámites y otros procedimientos
burocráticos.
De chica había viajado
dos veces creo, una vez con mi mamá y mi papá, y la otra solo con la vieja. De
lo único que me acordaba con certeza de esos viajes es que me encantaba volar.
Y esta última experiencia no hizo más que confirmarlo, me fascinó, quizá sea
porque me gusta la velocidad, me da mucha adrenalina. El despegue es una
experiencia orgásmica, en un momento el capitán del avión anuncia que en 10
minutos iniciará el despegue, todos los sentidos están en posición de alerta.
Es como un tiempo necesario para ir entrando en climax, durante esos minutos el
avión se pone en marcha, se mueve muy despacio, se va posicionando en dirección
al despegue hasta que en un momento toma una velocidad inconmensurable, de
golpe las ruedas se suspenden y se siente una inclinación del avión calculo que
de unos 45° respecto a la superficie.
Los grados del ángulo que se forma imaginariamente van en aumento, al igual que
el placer, hasta que repentinamente el avión se endereza acompañado de unos
leves saltos. Se mantiene en esa posición, ya casi no se perciben los
movimientos del avión, y la excitación deja paso al placer de ver los paisajes,
las nubes, las ciudades chiquititas.