Los grandes también tenemos derecho a jugar

“El creador literario hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo de fantasía al que toma muy en serio, vale decir, lo dota de grandes montos de afecto, al tiempo que lo separa tajantemente de la realidad efectiva ... El adulto deja pues de jugar, aparentemente renuncia a la ganancia de placer que extraía del juego. Pero quien conozca la vida anímica del hombre sabe que no hay cosa más difícil para él que la renuncia a un placer que conoció. En verdad... lo que parece ser una renuncia es una formación de sustituto o subrogado. Así, el adulto... en vez de jugar, ahora fantasea. Construye castillos en el aire” (S. Freud; 1907)


domingo, 12 de febrero de 2012

Apuntes sobre el vuelo en una noche desvelada de aeropuerto.


Esta había sido mi primera experiencia “adulta” viajando en avión. Digo adulta entre comillas porque ya viajé otras veces de chica, pero esta es la primera vez que viajo sola y tengo que estar atenta a los trámites y otros procedimientos burocráticos.
De chica había viajado dos veces creo, una vez con mi mamá y mi papá, y la otra solo con la vieja. De lo único que me acordaba con certeza de esos viajes es que me encantaba volar. Y esta última experiencia no hizo más que confirmarlo, me fascinó, quizá sea porque me gusta la velocidad, me da mucha adrenalina. El despegue es una experiencia orgásmica, en un momento el capitán del avión anuncia que en 10 minutos iniciará el despegue, todos los sentidos están en posición de alerta. Es como un tiempo necesario para ir entrando en climax, durante esos minutos el avión se pone en marcha, se mueve muy despacio, se va posicionando en dirección al despegue hasta que en un momento toma una velocidad inconmensurable, de golpe las ruedas se suspenden y se siente una inclinación del avión calculo que de unos  45° respecto a la superficie. Los grados del ángulo que se forma imaginariamente van en aumento, al igual que el placer, hasta que repentinamente el avión se endereza acompañado de unos leves saltos. Se mantiene en esa posición, ya casi no se perciben los movimientos del avión, y la excitación deja paso al placer de ver los paisajes, las nubes, las ciudades chiquititas.